15 septiembre, 2017

BELLEZA Y VERDAD


El vaho de Dios (Poemas venezianos).
José María Álvarez.
Edición de Alfredo Rodríguez.
Renacimiento. Colección Antologías. Sevilla, 2017.
121 pp.

Desde que la crítica empezó a aplicar el apelativo de "venecianos" a cierto grupo muy definido de poetas, y en especial a algunos de los más significados entre los que se dieron a conocer en la histórica antología Nueve novísimos poetas españoles (1970), el lector informado ha podido percibir en esa denominación un cierto tono de soterrada caricatura. Cabía desconfiar, en efecto, del hecho de que, de pronto, sin apenas antecedentes que lo explicaran, un grupo de poetas abocados al éxito coincidieran en compartir un referente estético tan concreto. Visto el fenómeno con la debida perspectiva, sin embargo, no es difícil encontrarle un cierto engarce con otros acontecimientos culturales del momento. Apenas un año después de la publicación de la citada antología, por ejemplo, tenía lugar el estreno de la película Muerte en Venecia de Luchino Visconti, que elevaría el "venecianismo" estético a la condición de fenómeno cultural de alcance europeo. Y varios lustros antes de la publicación de Nueve novísimos, el pintor Ramón Gaya dejaría, en su Diario de un pintor, que permanecería inédito hasta 1984, las más ardiente declaración de amor a la ciudad adriática que quepa encontrar en la literatura española.  Algo había en el ambiente, desde luego: quizá un deseo, por parte de los creadores europeos más conscientes, de abrazar referentes estéticos que implicaran una emancipación de las preocupaciones existenciales y sociales que habían dominado el panorama cultural en las décadas precedentes; y de hacerlo sin caer, por contraste, en la asumida banalidad de la cultura popular del momento, por más que uno de los rasgos más característicos del grupo "novísimo" fuera combinar, con cierto descaro, los referentes más prestigiosos y rebuscados con alusiones desenfadadas a la cultura pop. El fenómeno se ha repetido otras veces, con distintos matices: en los ochenta, el cosmopolitismo urbanita y lúdico de la cultura post-punk se tradujo, en el ámbito de la poesía española, en toda una eclosión de referentes y ambientes urbanos por los que pasear una especie de cínico desengaño, fruto de la crisis generalizada de las ideologías que habían dominado el pensamiento europeo en las décadas precedentes. En los noventa, igualmente, la proyección internacional que alcanzó Portugal después de su integración en la UE derivó en una verdadera moda "portuguesista" que se extendió a la música o al cine y también se reflejó abundantemente en la poesía española.

La selección de "poemas venezianos" (sic) que acaba de publicar José María Álvarez (Cartagena, 1942) en edición a cargo de Alfredo Rodríguez podía situarse muy bien en el contexto descrito y pasar, quizá, por fruto de esa coyuntura. Ello no implica necesariamente prejuzgar el valor de estos poemas. Por el contrario, llama la atención que la selección que los reúne apenas ocupe un centenar de páginas, cuando la impresión que puede tener el lector de José María Álvarez es que ningún otro poeta ha cultivado el asunto veneciano con más asiduidad y entusiasmo. La verdad es que el cosmopolitismo -o "alejandrinismo", como también se ha dicho- del poeta de Cartagena incluye otros escenarios y otros ámbitos referenciales, por lo que cabría afirmar que, igual que se ha podido extraer de la totalidad de su obra una selección de poco más de cien páginas dedicada a su vertiente "veneciana", cabría hacer lo propio con los poemas con referencia parisina, por ejemplo, o anglosajona. La variedad y extensión de la poesía de Álvarez justificaría sobradamente esos otros abordajes. Sin embargo, la identificación primaria de esta poesía con lo veneciano tiene una justificación: Álvarez ha vivido en Venecia -fue beneficiario, como él mismo se ha encargado de contar, de un llamativo caso de mecenazgo privado- y ha extraído de esa experiencia, sin duda enriquecedora, un sustrato biográfico y una actitud vital que casaban bien con los fundamentos en los que se basa su trayectoria poética desde que abandonó su inicial inclinación hacia la poesía social y se embarcó en el magno proyecto que denominó Museo de cera, cuya primera edición data de 1974. 

Museo de cera deslumbró y desconcertó a partes iguales; no tanto por que los poemas aparecieran envueltos en un intrincado palimpsesto de citas y alusiones culturales, o por la posición de lejanía intemporal, e incluso "antimoderna", que asumían las voces que interpelaban desde ellos al lector, como por la maestría con la que el autor incorporaba los hallazgos expresivos, e incluso tipográficos, de la tradición vanguardista a una textura discursiva, e incluso coloquial, que todavía no era habitual en la poesía española, y que aunaba desgarro e ironía, calculados e impostados desplantes con atinados juicios de valor, distanciamiento y entusiasmos. La selección "veneciana" de Alfredo Rodríguez recoge bien esta riqueza de la poesía de Álvarez. Las dos secciones del largo poema "Tosigo ardente", por ejemplo, que cierran el volumen, trazan dos momentos de un largo monólogo en el que una voz en la que reconocemos sin dificultad las obsesiones recurrentes de su autor reflexiona en voz alta sobre el sentido de su vida e incluso considera, al recordar una velada en la veneciana Piazza San Marco, la posibilidad de un lento e indoloro suicidio ante tan incomparable escenario. Los dos cantos del poema citado constituyen un buen epítome de la poesía de Álvarez y del valor funcional que ciertos escenarios -Venecia, en este caso- juegan en su mundo estético y moral. Como Eliot en La tierra baldía, Álvarez va reuniendo en su poema fragmentos y relatos aparentemente inconexos: Shakespeare, Stendhal, Rimbaud, un sangriento suceso acaecido en los Estados Unidos ("Y quizá de todos / los que allí comían, puede que solamente el asesino / guardara en su corazón algo de vida, / quizá era el único / con quien podrías sentarte / a beber"), etcétera. Todos ellos entretejen una matizada conciencia, por parte del poeta, de estar asistiendo al final de una civilización, destruida por una envilecida clase dirigente y por el conformismo de una población tan sumisa como embrutecida por los señuelos del consumo y los mass media.

Tal es el sentido de la Venecia -o "Venezia"- de José María Álvarez: una pertinaz supervivencia del pasado, testimonio de todo aquello que el poeta cuenta entre los grandes logros de la humanidad, y a la vez irremisiblemente condenada a la destrucción en una época no sólo insensible a la valía de esos logros, sino que conspira activamente para anularlos. Lo expresa el poeta sin ambages en el curioso poema en el que agradece a su mecenas su hospitalidad en un palacio parcialmente en ruinas: "Las bombas de una guerra / sin honor, destruyeron / la suprema belleza de aquella arquitectura, / y ya fortuna alguna bastaría / ni de bastar encontraríanse artesanos / capaces de repetir aquel milagro". 

Los mejores momentos de la poesía de Álvarez, sin embargo, son aquellos en los que el lujoso marco pierde importancia para otorgar momentáneo protagonismo a otras constantes del vivir humano. Ocurre, por ejemplo, en "Niños jugando en el campo de San Zan Degolà": el marco desaparece ante el espectáculo de vitalidad, de juventud fuera del tiempo, que ofrecen al poeta unos niños que juegan en una plazuela: "Agradéceles sus risas. Deja que te llenen, y ofréndales / un instante tuyo de alegría. / Aunque no sea más que en nombre / de cuando tú sentiste así. / Déjate ser feliz".

Todo esto cabe en la "Venezia" de José María Álvarez. Excesivo, vehemente, pero siempre capaz de transmitir convicción, José María Álvarez ha sabido convertir lo que fue un mero decorado prestigioso para una moda literaria fugaz en un mundo propio, desgarrado e intenso. Y lo ha hecho sin cerrar del todo los ojos a las realidades contemporáneas ni renunciar al carácter indagatorio, tentativo y arriesgado, que debe caracterizar el lenguaje poético. Asumir todos esos riesgos tiene un precio: algún que otro poema de esta selección puede leerse como una autoparodia -y quizá lo sea, porque tampoco el humor está excluido de la variedad tonal que rige esta poesía-. Pero el conjunto transporta al lector a ese ámbito de belleza y verdad desde el que la poesía interroga y cuestiona a la realidad. No todos los poetas llegan tan lejos.  


JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva en La Ronda del Libro

25 agosto, 2017

HECHOS Y ALGO MÁS

Sólo hechos.
Andrés Trapiello. 
Editorial Pre-Textos, 
Valencia, 2016. 
455 pp.

El pequeño enigma tipográfico que plantea la cubierta de esta nueva entrega de la “novela en marcha” de Andrés Trapiello se resuelve hacia el final del texto. ¿Qué significan esos billetes de tranvía y qué peculiaridad los reúne? El lector puede fácilmente obviar la primera parte de la pregunta y ni siquiera plantearse la segunda. Pero las respuestas, según se dan en el mencionado tramo final del libro –que cuentan cómo el autor, en una de sus visitas al Rastro, encontró una colección de billetes de tranvía unidos por determinada singularidad numérica–, nos llevan directamente al meollo central de estos diarios, en cuya serie la presente entrega, la vigésima, significativamente titulada Sólo hechos, supone una especie de inflexión. En ella, en efecto, vuelve a plantearse no sólo la enojosa cuestión de su identidad genérica –¿son diarios o novela, galgos o podencos?–, sino que parece hacerse un cierto énfasis en el papel del diarista como testigo de determinados aconteceres o copista fedatario de lo que sus interlocutores tienen a bien contarle. Entre una y otra de esas historias destacadas, el autor tiene a bien presentarse de nuevo en sus menesteres habituales: melancólico padre que ve cómo sus hijos mayores van asumiendo poco a poco los roles de la edad adulta, cultivador –literalmente, e incluso a costa de algún que otro riesgo de accidente doméstico– de su propio jardín, asiduo del Rastro madrileño y picajoso habitante del desabrido universo que se conoce como “mundillo literario”. Y son esos retratos del escritor en su intimidad los que prestan consistencia al otro personaje que lo complementa en estas páginas: el del hombre que escucha, normalmente desde la respetuosa admiración, y anota lo que otros han vivido. 

La nómina de esos personajes a los que se les concede la palabra es realmente notable, y quizá haríamos mal en romper aquí el pudoroso artificio por el que el autor elude nombrarlos  –quizá para no incurrir en el vicio, que critica en otros diaristas, de rodearse de nombres prestigiosos– y disimularlos tras iniciales o tras someras referencias periodísticas o literarias: baste decir que, entre ellos, se encuentra un famoso hispanista británico que pasó sus últimos años en la Alpujarra granadina, y al que el autor visitó en 1982, apenas un lustro antes de su muerte; un diplomático –menos fácil de identificar– que participó en alguna de las fallidas conversaciones con la banda terrorista Eta que tuvieron lugar en los años 90, una conocida estudiosa de la vida y obra de JRJ y Zenobia, etcétera. Cada uno de estos personajes brinda al autor la ocasión de ensayar una modalidad distinta del retrato. En el primer caso, se limita a transcribir un antiguo cuaderno de notas que dice haber hallado casualmente –viejo recurso literario– entres sus papeles. En el segundo, el autor crea una verdadera página de novela, reminiscente de las muchas en las que John LeCarré y otros maestros del género hacen que viejos agentes secretos revelan su modesta, aunque decisiva, contribución a aconteceres históricos que parecen situarse por encima de la esfera de las simples contribuciones individuales, pero que no se entenderían sin ellas. En el tercero, Trapiello no disimula su papel de persona vitalmente concernida por lo que su interlocutora le cuenta de un autor admirado, pero la deja hablar sin interferir apenas en su discurso, salvo cuando le parece oportuno mostrar su propia reacción ante los hechos narrados –los penosos últimos años de Juan Ramón y Zenobia– o añadir alguna respetuosa nota realista sobre la propia falibilidad de la testigo –al fin y al cabo, una persona muy anciana y quizá poseedora de sus propios prejuicios– o su condición de superviviente de un tiempo ido.

Valgan estos ejemplos para ilustrar el peso que determinados “hechos” tienen en esta nueva entrega del proyecto diarístico de Trapiello; que, significativamente, no alcanza el número de páginas de otras entregas anteriores, en lo que parece –alguna alusión se hace a ello– un esfuerzo añadido de contención. Que no ha redundado, sin embargo, en una disminución de lo que constituye el valor literario más firme de esta magna obra, y el que sustenta todos los demás: su espléndida variedad tonal, que incluye visitas esporádicas a otros géneros –la entrevista, la crónica memorialística, el relato breve (y qué otra cosa es, sin ir más lejos, la historia del hallazgo y significación de los mencionados billetes de tranvía), el aforismo, la controversia literaria, la crónica de costumbres (excelentes también las páginas dedicadas a un altercado callejero en el que un grupo de viandantes acorrala a unas ladronas rumanas), etcétera–, y que se resuelve en la articulación de unos pocos motivos recurrentes muy calculados y bien distribuidos a lo largo del texto, que acaso por ello acaba siendo la “novela” que el autor ha querido siempre que sea, antes que un diario sujeto a verificabilidad. 

Como hubiera dicho Borges –autor que no figura entre los favoritos de Trapiello, pero que en esta entrega merece algunas menciones significativas–, la suma de las acciones de una persona a lo largo de toda su vida puede resultar en algo así como el retrato de su cara. Los “hechos” que contiene esta entrega de los diarios de Andrés Trapiello terminan de perfilar algunos rasgos que ya conocíamos y destacan otros que quizá habían quedado algo soterrados bajo la profusión de datos e historias aportados por las otras diecinueve entregas. A estas alturas, leer una nueva es como reanudar una vieja conversación mantenida a intervalos a lo largo de todos estos años. 

J.M.B.A.
Reseña exclusiva para La Ronda del Libro

28 julio, 2017

ABRIENDO CAMINOS

Qwerty

Itziar Mínguez Arnáiz

La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017
73 pp.

La búsqueda de ese punto intangible en el que el decir poético se ajusta a los modos conversacionales, a las inflexiones y ritmos del habla coloquial, ha ocupado a infinidad de poetas a lo largo de los siglos y parece una aspiración irrenunciable, así como un objetivo que cada generación debe lograr por sus propios medios, porque la meta que se persigue, por su propia naturaleza, varía con los años y responde a un ideal distinto en cada época: la naturalidad a la que aspiraban Garcilaso o Fray Luis no es la misma que buscaba Manuel Machado, ni la que pretendían los poemas monologales de Jaime Gil de Biedma, o la que intentaban los poetas que empezaron a publicar a mediados de los 80 del pasado siglo. 


Más joven que estos últimos, la poeta vasca Itziar Mínguez Arnáiz (Barakaldo, 1972) acusa claramente la influencia de su paisano Karmelo C. Iribarren, que ya en los tiempos de la llamada "poesía de la experiencia" se distinguió de la mayoría de sus coetáneos por el cultivo de una poesía que prescindía de los moldes métricos tradicionales y lograba gran parte de su efecto mediante un sabio uso de las pausas, reticencias e inflexiones del habla coloquial. Tal es el sistema en el que se basan los lacónicos poemas de Itziar Mínguez: breves enunciados, a veces de no más de cuatro o cinco versos, pautados según las inflexiones del habla y dirigidos a captar la temperatura anímica de un momento o una situación particulares. Lo que distingue, no obstante, a la poeta de Barakaldo de su paisano es la clara apuesta de la primera por referirse casi en exclusiva, no a la condición escéptica y desengañada del hombre urbano en general, sino a la propia intimidad, presentada desde una deliberada levedad de sentimiento y una elegante convicción de que la escritura poética -asunto al que se refieren  buena parte de los versos reunidos en este librito significativamente titulado Qwerty, como la secuencia de las cinco primeras letras del teclado de un ordenador- es un excelente correlato de la vida. El trasvase de una a otra esfera es frecuente en la poesía de Mínguez Arnáiz; véase, por ejemplo, "Amor a primera vista": "Ni miradas / ni seducción / ni preliminares // con el poema / siempre es igual // aquí te pillo / aquí te mato". Hay que decir que estos poemas suelen mostrarse más eficaces cuando se leen en secuencia -el propio libro puede entenderse como una unidad hecha de sucesivas iluminaciones, ocurrencias, pseudodefiniciones, a veces incluso formulaciones cercanas al aforismo-, cuando se capta, no el simple destello atenuado en que se resuelve cada uno de ellos, sino el tono general, la reticencia que anima el conjunto, y la evidencia de que ese calculado laconismo, aparentemente bienhumorado, es un modo de sortear una soterrada melancolía, que es también parte esencial de la tonalidad de estos versos. No extraña, por lo dicho, que el último y quizá el más extenso de los poemas incluidos en este libro fantasee sobre la posibilidad del suicidio: "te desnudas / y te metes en el agua con suma delicadeza // no imaginas mejor cobijo para tu cansancio / ni mejor momento para tu adiós (...) // y antes de cerrar los ojos / aún tienes tiempo de ver / en un intento desesperado de manifestarse / el que podría haber sido / tu último poema". 


Existe el peligro, por supuesto, de que esta deliberada ligereza se aproxime en ocasiones a la nimiedad; pero no hay apuesta estética que no implique la asunción de riesgos. En Qwerty Itziar Mínguez roza a veces peligrosamente el límite entre lo ligero y lo banal, pero también da muestras suficientes de que la apuesta merece la pena. En su modo de seguir los postulados de su reconocido maestro, la poeta de Barakaldo avanza con pie firme por un camino que quizá se consideraba de un solo uso. Todo hace pensar que es ya también el suyo.


J.M.B.A.
Reseña exclusiva de La Ronda del Libro

11 julio, 2017

UN BRILLANTE ESTRENO LITERARIO

Juntemos las tribus 
(Título original: Gathering the Tribes).
Carolyn Forché,
Traducción de Claribel Alegría y Lillian Levy.
Visor, Madrid, 2017.
136 pp.


Sin duda pocos poetas han tenido un estreno tan brillante como el que supuso la publicación en 1976 de Gathering the Tribes. Con este primer libro, Carolyn Forché (Detroit, Michigan, 1950) no sólo se presentaba como una firme promesa, sino que se revelaba como una poeta original, bien asentada en su tradición y capaz de construir sobre estos sólidos inicios una obra sólida y coherente, como así ha sucedido. Merece celebrarse, por ello, que una editorial española se haya decidido a publicar la traducción de este libro y que ésta haya corrido a cargo de Claribel Alegría y Lilian Levy. En traducción la colaboración suele dar siempre buenos resultados; y, en el caso que nos ocupa, cabe atribuir a la poeta nicaragüense una clara voluntad de re-crear, más que de calcar, la tensión poética que destila el decir poético de la norteamericana. Aún así, siempre cabe lamentar que, en el trasvase de una lengua a otra se produzca una inevitable pérdida: la precisión de la poeta de Michigan, su increíble sentido de la economía, su modo de pintar sensaciones y narrar acciones mediante certeras pinceladas que lo mismo combinan la exactitud descriptiva con un eficaz uso de la imagen poética, no siempre encuentran su exacta traslación al castellano; y ello es especialmente palpable en la secuencia de poemas eróticos que cierra el libro, en los que Forché acierta a combinar la sutileza y la franqueza para transmitir una sensualidad que poco tiene que ver con los clichés al uso: véase, por ejemplo, su modo de sugerir una masturbación femenina en el extraordinario poema en prosa "This is their fault" ("Esto es culpa de ellos"), en la que la traductora vierte, un tanto desvaídamente: "Me da trabajo dormir, sabiendo que debo ocultar lo que estoy haciendo, sin saber lo que es", mientras el sentido del original ("I work myself to sleep..") más bien indica que es el esfuerzo sexual en cuestión lo que rinde a la protagonista al sueño.


Estas pequeñas sombras apenas alcanzan a empañar, no obstante, la sorpresa y el gozo que deparan la lectura de este libro. Ya en su primera parte, en efecto, Forché nos sorprende con su distanciada manera, en absoluto sentimental, de referirse a sus antecedentes familiares. Desde un cierto feminismo no programático, sino dictado por una alta conciencia de la verdad humana y poética, la autora se refiere casi exclusivamente a sus ancestros femeninos, en los que ve una imagen anticipada de la decrepitud por venir ("Estoy harta de engordar como tú"), pero también el vehículo por el que toma conciencia de las terribles conmociones históricas que forzaron a estos familiares a emigrar a América desde su nativa Eslovaquia. En poemas como "The morning baking" ("La hornada matutina"), la autora se refiere a su abuela alternando expresiones de reconocimiento y ternura con otras de cierto reproche, aunque el procedimiento redunda finalmente en una cierta idealización de un tipo de mujer ancestral, ruda y fuerte, conocedora instintiva de las realidades de la feminidad en una época, recuérdese, ajena todavía a la posterior toma de conciencia feminista. No ha de extrañar que, en esta primera sección del libro, la autora incluya también algún poema paisajístico -"Early night" ("Atardecer") o "Barley Fields" ("Campos de cebada")-: paisaje humano y paisaje físico se unen para crear una misma impresión de conjunto: la idea de origen, inevitablemente unida a la conciencia de quién se es y al compromiso con la memoria heredada.

Esta atención al tipo humano inmediato y a su entorno abren la puerta a los poemas de la segunda sección, todos ellos ambientados en las estancias de la autora en diversas regiones del suroeste de los Estados Unidos y su convivencia con los pueblos indígenas de la zona. El paisajismo se depura: "Blue Mesa", por ejemplo, describe en apenas ocho deliciosos versos un entorno singular -un embalse devenido centro de recreo para pescadores de caña- mediante una certera cascada de imágenes. Desde una óptica similar, "Las Truchas" describe un asentamiento nativo de Nuevo México convertido, por su proximidad a la carretera, en puesto de venta de recuerdos para turistas. Estos gráficos poemas de viajero enmarcan otros referidos a los tipos humanos que habitan esos lugares, vistos desde la misma perspectiva individualizadora y antisentimental que la autora había aplicado previamente a sus propios ancestros. Llama la atención que la sección se cierre con un breve poema sobre la muerte, "Plain song" ("Canción del llano" -habría sido mejor traducir "Canto llano"-) que recuerda en su andadura al célebre "Y yo me iré..." de nuestro Juan Ramón: "Cuando suceda, deja que vengan los pájaros...". La poeta parece querer establecer un paralelismo entre sus despedidas de viajera y el adiós definitivo.

De nuevo, la excelente construcción del libro va creando las condiciones para que el lector avance con la autora en una especie de itinerario hacia el autoconocimiento que, como avanzábamos al principio, culmina en la serie de poemas eróticos que constituyen la tercera sección del libro. Ya hemos mencionado uno de los mejores, "Esto es culpa de ellos", en el que una ama de casa agobiada de duro trabajo en un entorno campesino fantasea sobre su rutina y se deja llevar hacia la rememoración de un primer amor y su iniciación sexual. Llama la atención que del enamorado, un tal Joey, se diga que "se marchó a un monasterio, en Canadá, para cumplir un voto". El detalle enlaza con las alusiones que otros poemas hacen al tema del amante ausente bajo idénticas circunstancias: en uno de ellos, "Taproot" ("Raíz madre"), se llega a incluir un fragmento de una carta presuntamente escrita por ese amante desde el monasterio, en la que menciona a un monje al que ha visto "apresar los senos de la virgen / labrada en madera", en lo que parece sugerir una cierta continuidad epistolar de la intimidad erótica creada previamente. También un poema de la sección anterior, el titulado "Mountain abbey, surrounded by elk horns" ("El monasterio de la montaña, rodeado por astas de alces") hacía mención anticipada del escenario del retiro de ese amante; lo que resulta en que a lo largo del libro se va articulando una soterrada historia de amor. Otros poemas eróticos, no obstante, se desvinculan abiertamente de esas circunstancias: el bellísimo y muy explícito "Year at Mudstraw" ("Año en Mudstraw"), que recrea un rudo idilio campesino ("La sopa casi lista, mis pechos / gotean por el vapor de la olla. / Desliza por mi cuello la barba de un día. / Me abro la ropa para sus manos"); o el titulado "Kalaloch", que describe también muy gráficamente un episodio lésbico ("Me abrió las pantorrillas / con las manos, apartó mis  talones. / Una boca de mujer / no es diferente..."). De nuevo, la precisa descripción del entorno y la perfecta caracterización de los personajes juegan un papel fundamental en la eficacia del poema. Más genérico, en cambio, es el titulado "Taking off my clothes" ("Desnudándome"), una sorprendente reconsideración de los roles sexuales: "Vengo hacia ti de noche y me da lástima / malgastar mis estremecimientos íntimos / contra el muro de un hombre". 

Quienes conocen a Carolyn Forché por su poesía posterior, decantada hacia el compromiso político, aunque siempre desde la reivindicación de la necesidad de que el poema sea, además de transmisor de un posible mensaje, un vehículo para la expresión personal, pueden sentirse sorprendidos por el intimismo que aparentemente domina este primer poemario. Pero ya hemos visto como esa exploración de la propia intimidad se muestra siempre también como una consideración del entorno inmediato y quienes lo habitan. En este logrado equilibrio entre expresión íntima y evocación de la realidad circundante reside el mayor acierto de este brillante estreno.       


JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

03 mayo, 2015

UNA HISTORIA TRISTE

Marga. 

Edición de Juan Ramón Jiménez. 
Prólogo de Carmen Hernández-Pinzón 
y semblanza de Marga Gil-Roësset 
a cargo de Marga Clark. 
Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2015. 
103 pp. + láminas y reproducciones.

Juan Ramón, que lo guardaba todo, hizo lo propio con los papeles que quedaron de una de los episodios más amargos de su vida. Una muchacha joven y valiosa, prometedora escultora y dibujante, se suicidó por él. Por amor, como suele decirse, aunque posiblemente nuestra moderna tendencia a emitir un diagnóstico donde antes solamente se asentía a la omnipotencia de los sentimientos encontraría hoy otros términos acaso menos gratos para calificar ese trágico gesto. 

En la edición que la Fundación José Manuel Lara ha hecho de estos papeles juanramonianos no se ha dado cabida, por fortuna, a ningún forense. Han terciado discretamente familiares de uno y otro lado y se ha dejado la voz a los protagonistas de la historia, que no son otros que la infortunada muchacha, Marga Gil Roësset, el poeta Juan Ramón Jiménez y su mujer, Zenobia Camprubí. (Leer más en CaoCultura

03 abril, 2015

POESÍA DE URGENCIA

Los signos del derrumbe.
Antonio Rodríguez Jiménez. 
XVIII Premio Internacional de Poesía “Antonio Machado en Baeza”. 
Hiperión, Madrid, 2014.

Reseña de José Manuel Benítez Ariza

El devastador panorama de la actual crisis económica y social; la dificultad, y quizá la insuficiencia, de la poesía; la intimidad compartida con los seres queridos: en torno a estas tres cuestiones se organiza este poemario, y a estas tres cuestiones va dedicada, respectivamente, cada una de las partes que lo componen. Podrían ser tres libros, o quizá tres cuadernos, nítidamente diferenciados; pero hay una reconocible unidad de tono entre las partes, hay un apego sostenido a los modos de la poesía discursiva y arraigada en la tradición; y hay, sobre todo, una sola mirada, que se diversifica al proyectarse sobre las realidades disímiles de la vida social, literaria y afectiva, pero que descubre en cada uno de ellas, en su precaria condición de realidad amenazada, lo que merece la pena preservar. 

“Cada hora”, dice un verso de la primera parte, es “un triunfo de la supervivencia”. Más precarios son los logros de la poesía: “las tenaces preguntas de la vida, / la amenaza terrible de la nada” permanecen irresueltas incluso cuando el personaje mundano en el que puede llegar a convertirse el poeta se vanagloria del éxito. Y es quizá en el ámbito de la intimidad donde este curioso contraste entre la mera supervivencia de los perdedores y las vanidades de la literatura alcanzan a fundirse en el frágil compromiso que supone la aceptación de los dones de la vida: “Con la amenaza cierta de otro tiempo / peor, que hará pedazos / esta frágil quietud, esta apariencia / de paz, me entrego al día / y a su celebración, / agradeciéndolo”.

Es éste un libro construido con el rigor de un memorándum. Se agradece el gesto, porque ahorra idas y venidas y ofrece un mapa muy claro de cuáles son los intereses del autor –nacido en 1978 en Albacete, y a quien por tanto no hay que confundir con el poeta del mismo nombre y apellidos nacido en Córdoba en 1959–. Obedece también, entendemos, a un mandato de urgencia: no caben más ceremonias de confusión en un mundo en ruinas en el que “alguien está limpiando los despojos / de la fiesta anterior” y “un agua turbia / se precipita por el sumidero / de lo que nunca fue, / la espuma de los mitos”. Hace apenas unos lustros era palpable la sensación de que la poesía, como la sociedad, estaba en fiesta permanente. Hoy toca apagar las luces.

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27 marzo, 2015

LA TRASTIENDA DEL MAGO



Felipe Benítez Reyes, la literatura como caleidoscopio.
José Jurado Morales (ed.), 
Madrid, Visor, 2014

Reseña de Ángel Mendoza

“A los veintipocos años ya era un maestro considerado como tal por los mayores y admirado por los más jóvenes”, así empieza el escritor Juan Bonilla su aportación a Felipe Benítez Reyes, la literatura como caleidoscopio, volumen recopilatorio sobre la obra del poeta de Rota; necesario y oportuno estudio debido, en buena parte, al trabajo meticuloso de José Jurado Morales, profesor de la Universidad de Cádiz e impulsor de una cada vez más reconocida labor investigadora en torno a la literatura contemporánea. He dicho "poeta" como podría haber tecleado cualquier otro atributo del oficio de escribir para referirme a un autor a quien, no en vano, otro grande de su quinta, Carlos Marzal, llama en estas páginas “polígamo literario”, pues Benítez Reyes es, además, cuentista de éxito, solvente novelista y firmante de un vasto tesoro de pequeñas producciones que alguna vez Ha arracimado en obras como Gente del siglo o la más reciente Política y polichinela.  No es Marzal el único compañero de generación, y de viaje, que desfila por aquí, sino que también le rinden admiración Álvaro Salvador o Luis García Montero, y poetas más jóvenes como Andrés Neuman o Luis Bagué. 

Junto a ellos se dan cita colaboraciones de corte más académico entre las que caben destacar la de Inmaculada Moreno, sobre la noche en la poesía primera del autor de Los vanos mundos, y la de Marina Bianchi titulada “La trayectoria de Felipe Benítez Reyes: entre la experiencia, la elegía y algo más”. De su producción en prosa se ocupan, entre otros, la prestigiosa profesora Ana Sofía Pérez Bustamante y el propio hacedor de este título, José Jurado Morales. Pero siendo valiosas, rigurosas y enriquecedoras todas estas calas en la obra del gaditano, lo más interesante está al principio y lo dice el propio homenajeado en tres ensayos escritos entre finales de los ochenta y mediados de la década pasada que funcionan a modo de poética o mapa para todo aquel que quiera internarse en la trastienda de este mago, mundo éste no ajeno a su imaginario metafórico. Sobre la consideración del poema como artefacto misterioso deja pistas muy claras; aunque, eso sí, alejándose de la idea arrebatada y esotérica –caricaturescamente romántica- de la construcción de ese artefacto. “El efecto mágico es producto de la aplicación de un conocimiento técnico, no de un albur inexplicable, aunque la efectividad de la magia consista en presentarlo como tal albur inexplicable, como una dislocación asombrosa de la realidad”, leemos, por ejemplo. Crea su propia terminología, su propio equipaje analítico: “instinto estético”, “invisibilidad retórica” o “voluntad indagatoria” y da, desde la teoría, una lección no menos valiosa que la que lleva más de treinta años dando en la práctica. 

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