04 febrero, 2006

SOBRE "DIARIO DE ARGÓNIDA" DE JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD



LA DIGNIDAD DE LA MAÑANA

José Manuel Caballero Bonald, Diario de Argónida, Tusquets, Barcelona, 1997.


En 1993 publicaba José Manuel Caballero Bonald una edición conjunta y revisada de los que entonces eran sus dos últimos libros de poemas, Descrédito del héroe (1977) y Laberinto de Fortuna (1984). En realidad, era algo más que una simple reedición: incorporaba también los mejores poemas del ya lejano -y, en gran parte, repudiado- Pliegos de cordel (1963), y se convertía en una especie de fotografía de madurez en la que el autor se reconocía en su estilo más pleno. “Intenté fusionar” -decía Caballero en otro lugar, a propósito de Descrédito del héroe- “los ecos de algunas predilectas dicciones latinas y otras atemperadas resonancias barrocas”. Y añadía que en el resultado influía no poco una intención paródica e irónica, sin la cual -y esto ya no lo dice Caballero, sino nosotros- dicho estilo no dejaría de ser una inútil exhibición retórica, una manera complicada de decir lo que podía haberse dicho mejor de una manera más sencilla. Por fortuna, para la poesía de Caballero y para sus lectores, funcionaba esa correspondencia que el escritor buscaba entre su voluntad de distanciamiento y deformación intencionada, por un lado, y su recurso a una deliberada oscuridad en la expresión. Y pasaba la prueba de fuego de toda ironía que quiera ganarse la complicidad de los lectores: la de aplicarse, preferentemente, al que escribe, a los comportamientos y actitudes del personaje poético (real o inventado, qué más da) que se enmascara tras el pronombre de primera persona.

El peligro de haber cultivado durante años un estilo deliberadamente enrarecido no es otro que el de quedar atrapado por él, el de que ese estilo, más allá de las intenciones del autor, se convierta en involuntaria parodia de sí mismo. Y en Diario de Argónida (1997), último libro de poemas de Caballero Bonald, hay más de un pasaje en el que el autor parece precaverse contra ese peligro. Así, en el poema titulado “Premeditación” comenta, refiriéndose a un hipotético “libro que nunca escribiré”: “adolece / de páginas en negro, de gramáticas / adictas a la superchería / y de una peligrosa connivencia / con las erratas sensoriales”. Lo que no es más que un diagnóstico lúcido y preciso de los límites que, en ocasiones, amenazan la poesía del autor jerezano.

El lector de Diario de Argónida puede sentir, más de una vez, la sombra del agotamiento de un estilo. Y también puede apreciar -por fortuna, en un buen número de poemas- la milagrosa resurrección del mismo. En el primer caso entran la mayoría de los poemas que tienen intención satírica: los diversos “retratos” de personajillos del mundo literario, las requisitorias contra “ultramontanos” y “bienpensantes”, algún que otro sermón que, como el titulado “De la prensa”, incurre en la oquedad más obvia: “¡Tanto estupor ya preterido / y otra vez resurgiendo entre las mismas / deplorables monsergas!”.

Lo mejor de Diario de Argónida está en lo que su tono general tiene de novedoso, y en que esa novedad sea resultado de la sabia evolución de un estilo que parecía haber dado ya lo mejor de sí. Frente al Caballero Bonald nocturno, desdeñoso y turbio de los poemas de veinte años atrás encontramos a un hombre que se complace en interrogar al sol de las mañanas o al rumor que la noche hace llegar a su cama de insomne. Un hombre que se contempla en un paisaje que tiene tanto de real como de inventado; en un paisaje que ya no es, en su ciclo de vida y muerte, en su alternancia de esplendor y podredumbre, trasunto de la propia fermentación interna de la conciencia del autor, sino serena perspectiva en la que reconocerse, en la que situar recuerdos que se saben inevitablemente deformados y experiencias cuyo valor solamente se aquilata con el paso de los años. “Poner a prueba” y “Nocturno con barcos” pueden ser buenos ejemplos: en el primero se celebra la “celeste dignidad de la mañana” y los signos que ésta aporta a la conciencia de estar vivo del poeta recién despertado. “Comprobarlo” -dice- “equivale / a saber que mi historia / coincide exactamente con esta geografía”; en el segundo, esos barcos que el poeta siente pasar “por dentro / de la noche” dejan un rastro parecido “a la emoción que queda detrás de algunos sueños”. En “Compás de espera” o “Elogio de la inacción” los mismos títulos revelan una actitud de contemplación serena, más que de fatigosa indagación en las regiones oscuras de la experiencia. No queda nada, en estos poemas, de aquel poeta que hace años necesitaba armar un complicado mecanismo verbal para fijar la justa distancia crítica desde la que creía necesario abordar la realidad. Y hay detalles, palabras, versos en este libro que delatan al hombre más interesado en dar la pincelada exacta, el adjetivo preciso (“la huraña ruina / del fortín”, “las benévolas puertas entornadas”, “los enjutos domingos”) que en crear, como un ilusionista algo malvado, una nube de humo a su alrededor. Quienes lo acompañaron en su viaje de ida al inframundo sensorial y estilístico de sus libros anteriores agradecerán (agradecemos) este viaje de vuelta a la claridad del día, a la benevolente dignidad de las mañanas.

José Manuel Benítez Ariza
Reseña publicada en Clarín, nº 14, marzo-abril 1998, pp. 67-68