11 abril, 2013

NO TAN RIDÍCULAS

CARTAS DE AMOR

Fernando Pessoa. 

Traducción y posfacio de Isabel Lacruz. 
Editorial Funambulista,
Madrid, 2012. 203 pp.

“Todas las cartas de amor son ridículas”, hizo decir Fernando Pessoa (1888-1935) a su heterónimo Álvaro de Campos en un conocido poema, poco después de que se interrumpiera definitivamente la correspondencia que mantuvo con quien, a decir de los biógrafos del poeta portugués, fue su único amor, Ophélia Queiroz. Fue ésta una empleadilla de las muchas que, entonces como ahora, trabajaban en las oficinas de La Baixa, el barrio de negocios de la capital portuguesa. El poeta la conoció precisamente cuando la muchacha, que a la sazón tenía diecinueve años, fue a pedir trabajo en la misma empresa en la que el poeta ejercía, en unas condiciones que hoy diríamos “flexibles” –es decir, en días discontinuos y sin horas fijas– el nebuloso cargo de empleado de la correspondencia extranjera.

Conocemos bien sus rutinas de entonces –en especial, gracias al relato interiorizado que de ellas hace su heterónimo Bernardo Soares en El libro del desasosiego–, y por eso todavía causa cierto asombro que este dechado de soledad pudiera abrigar –o “fingiese”, diríamos, remedándolo–, aunque no fuera más que por dos periodos de apenas unos meses, separados por un intervalo de años, la pretensión de amar a una mujer sencilla y convencional, voluntariosa y paciente, que no deseaba otra cosa que casarse con el poeta, y jugaba a encandilarlo con inocentes “picardías” sin consecuencias, como el cándido ofrecimiento de sus “palomas” para que su enamorado pudiera jugar con ellas, igual que el proustiano barón de Charlus jugaba con las catleyas sobre el escote de Odette…

La ilusión duró apenas unas semanas. Los biógrafos de Pessoa dicen que la primera crisis sobrevino cuando el poeta recibió la noticia de que su anciana madre –también muy proustianamente, el único amor de su vida– regresaba de Durban para instalarse definitivamente en Lisboa. El desencantado amante se desdobla entonces en dos figuras antagónicas: una juega a continuar la ficción del noviazgo; la otra, que se deja aconsejar por el ficticio Álvaro de Campos, e incluso cede a éste la palabra en ocasiones, asume sin ambages el agresivo cinismo de su heterónimo y zahiere duramente a la desconcertada muchacha, a la que hace receptora de confesiones no pedidas, o de declaraciones solemnes sobre el altísimo destino que este hombre de vida humilde y solitaria sabía aparejado a su vocación.

Por eso precisamente, porque sabemos que esas expectativas sobre la propia valía no eran en absoluto infundadas, no podemos reírnos de lo que, en su momento, debieron de parecer meros desvaríos de neurasténico. La propia muchacha defraudada debió de entenderlo así: en los muchos años en que sobrevivió a Pessoa –Ophélia Queiroz murió a los noventa y dos–, esta mujer asumió públicamente y sin ambages su condición de única namorada conocida de quien se había convertido póstumamente en gloria nacional; y, en consecuencia, no tuvo inconveniente en dar a conocer el trazado general de la relación que mantuvieron.

El soporte material de esa historia son estas cartas. Ridículas, sí, porque en ellas el poeta se expresa preferentemente como un niño –salvo cuando cede la palabra al intratable “ingeniero” Álvaro de Campos–; y porque la historia que cuentan no es la de una gran pasión, sino la de un mediocre noviazgo casto y sin expectativas, en el que no faltan escenas de celos, pequeños arrebatos de dignidad herida y otros dengues escénicos del amor que ni va ni viene. Literariamente, sin embargo, estas cartas tienen cierto interés. Dan cuenta de la circunstancia humana del poeta en dos periodos claves de su vida (marzo-noviembre de 1920 y septiembre-enero de 1929-30), e ilustran en qué medida algunos rasgos de su creación literaria –el desdoblamiento de la personalidad, el interés por el ocultismo, la conciencia de la propia fragilidad anímica y mental– obedecían a incuestionables realidades vitales.

Humanamente, quizá, estas cartas apenan un poco, y a ratos irritan. No es grato ver cómo las grandes inteligencias que admiramos se alzan a veces sobre circunstancias tan anodinas. De las que rodean a esta correspondencia no tendríamos, quizá, ni que habernos enterado: el poeta mantuvo toda su vida una absoluta discreción al respecto. Ahora nuestra curiosidad arroja esta cruda luz niveladora sobre su existencia. Y seguimos queriéndolo, pese a todo.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña publicada en El Cultural

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