22 noviembre, 2013

PARA UNAS MEMORIAS DE LECTOR (2): ANTONIO RIVERO

Hay quien dice que Antonio Rivero Taravillo y yo nos parecemos, e incluso hay quienes hacen bromas al respecto; lo que hasta ahora no me había preocupado, porque lo atribuía a lo engañoso de las fotos en las que hemos salido juntos, o al azar que nos ha hecho optar por ciertos rasgos de indumentaria o adorno personal más o menos coincidentes, pero pertenecientes al acervo impersonal de la moda del momento, que es la que dicta que muchos hombres gastemos perilla, llevemos el pelo corto o luzcamos determinado tipo de gafas.

Pero debo confesar que empecé a preocuparme cuando, hace apenas unas semanas, un amigo común que nunca nos había visto juntos me señaló también el parecido y me dijo que le había venido a las mientes justo después de oírme leer un texto en un acto público. Y como uno es lector de Edgar Allan Poe, me asaltó la misma clase de inquietud que debió de experimentar William Wilson la primera vez que se encontró con su doble. El doble de uno, ya se sabe, es ese personaje quimérico que representa la posibilidad latente de otra vida; aunque en las narraciones que desarrollan este viejo motivo, el encuentro de una persona con su doble suele ser la causa, más bien, de que ésta se encierre aún más en sus atavismos y llegue a odiar cuanto representa ese otro personaje complementario. William Wilson, el personaje de Poe, se sumió en una vida depravada y autodestructiva tras el encuentro con su doble; mientras que el bondadoso doctor Jekyll, la creación de Stevenson, convocó a su doble precisamente para conjurar al malvado que sospechaba que llevaba dentro.

No sé si será éste el caso. Quiero pensar que, cuando ambos, Antonio y yo, inauguramos nuestras respectivas existencias en el año 1963, él en Melilla y yo en Cádiz, todavía no había nada que hiciera sospechar estas extrañas e inesperadas bromas del destino; y que, si ambos experimentamos, calculo que a edades parecidas, la inclinación hacia los afanes literarios, el alcance estadístico de esa coincidencia aún nos empareja con otros cientos, o incluso puede que miles, de escritores nacidos ese año. Tampoco parece determinante el hecho de que ambos estudiáramos Filología Inglesa y asumamos que el influjo de esa lengua y esa cultura explica buena parte de nuestros gustos y querencias, tanto literarios como personales. Por lo demás, ambos complementamos nuestra labor literaria con las servidumbres más o menos voluntarias y gratas del periodismo cultural y la traducción.

Y aquí, me alegra decirlo, se acaban las coincidencias y empieza lo que por mi parte me atreveré a llamar las simples afinidades electivas, que es como denominamos nuestra simpatía por lo que nos diferencia de otros. Antonio Rivero es viajero, y lo es triplemente: por sus lecturas, por sus viajes reales a otros países y por su impulso a contarlos en los artículos y libros resultantes; mientras que yo, debo confesarlo, soy incurablemente sedentario. Algo de libro de viajes –en este caso, de quest o pesquisa en pos de un personaje– hay en su monumental biografía de Cernuda, que no es sólo un ejemplar trabajo de investigación histórica y literaria, sino también una brillante síntesis de todos los saberes y experiencias de su autor; y en la que, por tanto, éste habla de la Sevilla de Cernuda, no cómo lo haría un erudito o un hispanista, sino como alguien que conoce y ama, aunque con la suficiente distancia crítica, esa ciudad que Cernuda abandonó en su juventud para casi no volver a pisarla nunca más, pero que dejó en su sensibilidad y su obra una huella indeleble; y sabe transmitirnos, cuando sigue los pasos del peregrinar de Cernuda por los distintos escenarios de su exilio (Glasgow, Oxford, México), no sólo la información que deparan los archivos y las fuentes librescas, sino la impresión de primera mano que esos lugares transmiten a un avezado viajero que, al mismo tiempo, lleva asimilada a su mirada la del personaje cuyos pasos ha ido siguiendo.

Lo dicho me sirve también para enmarcar la poesía de Antonio Rivero. Como poeta, Antonio comienza en los años en que muchos de su edad se iniciaban en los modos y asuntos de la llamada “poesía de la experiencia”, que es la que imperaba cuando publicó su primer cuaderno, Bajo otra luz, en 1989. A pesar de esta publicación temprana, el primer libro de poesía propiamente dicho de Antonio Rivero, Farewell to Poesy, no aparece hasta 2002; es decir, es posterior en dos o tres lustros a los primeros libros de muchos de sus coetáneos. Yo creo que esta distancia ha sentado bien a la poesía de Antonio, en la que no se acusa la impronta de las modas del momento, pero sí el poso que los cambios experimentados por la poesía española de la década precedente habían dejado en el modo general de entender el género. Antonio, efectivamente, como sus coetáneos, ha escrito una poesía mesurada y contenida, que descree de la extravagancia y de los golpes de efecto, y que se articula preferentemente en moldes clásicos debidamente modernizados, sobre los que pesa, como no podía ser de otra manera, la lección de naturalidad y apego a los modos conversacionales del propio Cernuda.

Pero si la característica más notable de esta poesía, hasta hoy, era su carácter circunstanciado, hay que decir que en su último libro, La lluvia, esos modos discursivos y conversacionales de su poesía precedente han sido sustituidos, o superados, por una sintaxis poética fundamentada en la lógica de la imagen. De la imagen poética, por supuesto, tal como la entendían –y aquí aparece de nuevo la impronta anglófila– Ezra Pound y otros poetas imaginistas, pero también como la entendían Federico García Lorca o Gerardo Diego. Esas imágenes –la de la raya de luz que subraya una puerta cerrada, la de un crucigrama que se transmuta en lápida, la de la nieve en la memoria– lo mismo se articulan en poemas de mediana extensión que concentran su intensidad en la brevedad de un haiku; y lo mismo se ordenan en lo que podríamos traducir como un razonamiento (poético, por supuesto), que desgranan una anécdota; como ocurre, por ejemplo, en el poema en el que el autor cuenta su encuentro con una hermosa muchacha en una copistería a la que éste había acudido para fotocopiar un libro de poemas en el que ya no iba a figurar el poema destinado a contar ese encuentro…

Y he aquí una última coincidencia: en este libro refrescante, innovador sin aspavientos, dialogante con el decurso de la poesía española de los últimos lustros y, al mismo tiempo, personal, he encontrado... un trasunto de mis propios esfuerzos por emprender, en esa búsqueda constante en que debe consistir la escritura poética, un camino distinto, otras formas de abordar esta labor que no suponga replegarse cómodamente a los logros expresivos más o menos domeñados por una práctica que ya va siendo larga. Estamos en la edad en que los hombres maduros tiran la casa por la ventana. Y es bueno saber que otros te acompañan, también, en esta inevitable coyuntura.

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

Texto exclusivo para La Ronda del Libro
a partir de las palabras pronunciadas con motivo 
de la presentación de La lluvia en Cádiz.

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