13 febrero, 2014

NO HAY VUELTA ATRÁS

Línea Roja,
José Luis García Martín.
Impronta Editorial,
Gijón, 2013.

Puede que García Martín, con ese libérrimo uso del género que le caracteriza, sea uno de los que más haya contribuido al confusionismo que existe en torno a los diarios. Nada tienen que ver estas entregas semanales de su diario al periódico con aquellos diarios primeros de hace treinta años.En un diario no cabe todo, sólo debe entrar aquello que tiene algún interés para los demás.García Martín tiene buen cuidado de no caer en minucias personales ni en particulares desahogos, pero el ludismo ficcional, los juegos repetitivos e intercambiables, esa afición al engaño que lo es y no lo es y al "embaúle", el exceso de citas y de textos ajenos, con y sin comillas, y esa pretensión suya de crear un personaje tan cerca y tan lejos de la literatura como de la realidad, han logrado el nacimiento de una suerte de escritura personal que poco o nada tiene que ver con el género diario al uso; ni la concepción, ni la estructura, ni los rasgos se parecen (ni siquiera el espacio temporal, ya que por exigencias del medio estos diarios comienzan a finales de septiembre y finalizan a primeros de julio, como un curso académico). Es, simplemente, el diario de G.M., y el lector avezado ya sabe a lo que nos estamos refiriendo.

El diario de G.M. nace con la urgencia semanal de ser publicado en la prensa. Pero lo de "urgencia" no nos debe engañar ni preocupar pues esa es su manera natural de trabajar y de estar en el mundo (perder el tiempo es después de la mala poesía una de sus fobias favoritas), toda su obra guarda ese carácter que, como digo, es su manera; una manera o método que con los años se ha ido decantando y ha devenido una depurada técnica. Este condicionante semanal requiere una mecánica y una estructura especial de las entregas, mecánica y estructura que convierten a este diario en un diario diferente, singular. Nos lo aclara el autor en "Instrucciones de uso", esa suerte de impagable prólogo en dosificadas píldoras contundentes que viene a ser una magnífica y eficaz operación de márketing publicitario. Lo componen siete anuncios sentenciosos que, a modo de cuñas publicitarias, presentan un producto. El tercero dice: "Cada fragmento, por mínimo que sea, tiene título. Es una manera de indicar que constituye una unidad completa. Que puede leerse independientemente. Pero los fragmentos se agrupan en capítulos que constituyen una unidad mayor y es dentro de esa unidad mayor donde adquieren todo su sentido". El rígido molde semanal le obliga a entregas capitulares con unidad de sentido, cosa que el diario habitual no suele presentar ni ofrecer si bien cualquier asiento de todo diario puede leerse independientemente como unidad en sí misma completa con la sola entrada de la fecha. Aunque en la cuarta de estas instrucciones nos dice que "Línea roja es una obra que pertenece al género del diario íntimo", creo, sin embargo, que se ajustaría más y mejor al de esa variante que conocemos por dietario, libro que refleja esas mínimas (o no tanto) crónicas diarias, casi volanderas, con la historia menuda que las genera.

En el menudeo es donde estriba el busilis de todo diario. Conviene elegir bien las intimidades que se cuentan, y aquí el autor tiene buen cuidado de poner a buen recaudo las suyas. Pero en alguna ocasión se le va la mano con las ajenas. Tiene, sin embargo, momentos muy notables de diario íntimo, aquellos en que venciendo, y no del todo, su arraigado pudor y timidez se atreve a correr un poco, solo un poco, la sutil cortina de la intimidad y deja entrever ese mundo palpitante que guarda solo para él. La entrada "Aunque es de noche" y la siguiente son algunas muestras.

Podríamos pergeñar sin demasiado esfuerzo una nutrida crónica de viajes a lo largo de estas páginas. Esos viajes tan especiales que hace G.M. por las diferentes sucursales de su rutinario universo diario que no duran más de tres días si se trata de Europa y de una semana si es de América. "Sucursales del paraíso" las denomina el autor, pues reproducen el escenario urbano (cafeterías, centros comerciales, librerías, bibliotecas...) donde reparte sus rutinas. Nápoles, Génova, Nueva York, Portugal, Galicia, Cáceres, Madrid, Aldeanueva del Camino... desfilan ante el lector en detalladas descripciones familiares (magníficas las de Portugal, con ocasión de un inolvidable homenaje a Jorge de Sena, las de Génova y Galicia). "No me gusta estar mucho tiempo fuera de casa. Necesito darme una vuelta por los alrededores. Y los alrededores de mi casa por los que me gusta pasear no siempre están cerca de casa. Puedo sentir nostalgia de Via Chiaia, del Campo dei Fiori, de la Rua Ferreira Borges, del Boulevard Saint-Michel o del Campo de Santa Margherita, pero a los tres días, sin falta, ya estoy en casa. O a la semana, cuando me voy a dar una vuelta a Montague Street o a Union Square, con su mercado al aire libre, sus infinitas librerías", apunta en la entrada "Sedentario".

Si habláramos de libros, la crónica no sería menor. G.M. no acostumbra a comentar por extenso en sus diarios los libros leídos, para ellos tiene un blog especial, aquí solo da noticia de aquellas novedades recibidas que ojea, hojea y cata ante un café mañanero en la cafetería habitual. "Voy dejando tras de mí un rastro de libros y de amores mordisqueados", dice en "Encuesta". Hace lo propio con los de viejo que encuentra allá donde va; de éstos suele reproducir alguna cata hecha al azar. Si existiera un premio al mejor catador de libros del país, al igual que lo hay de vinos, sin duda que habría que dárselo a G.M., tiene tal vicio que la mano y el ojo le llevan al párrafo, pasaje o poema más determinante de la obra que tiene entre las manos. "Hojeo las Caricaturas republicanas, de Luis Bagaría, editadas por José Esteban, y su trazo incisivo y lírico me devuelve a un tiempo, el primer tercio del siglo, convulsamente esperanzado. De pronto me sorprenden los cuatro trazos que nos presentan a Unamuno con grilletes sentado delante de un tribunal. El título de la viñeta dice: 'Unamuno, condenado'. Y el pie reproduce unas palabras suyas: '¡En este país, y gobernando Dato, vale más ser terrorista que escritor!'", dice en el arranque del emocionado apunte "Las carga el diablo", sobre el asesinato de Eduardo Dato.

Cine, ópera, amaneceres, ventanas, amigos, conocidos, enemigos... (de amaneceres y ventanas desde las que contemplar el mundo es un avezado coleccionista): de todos podríamos hacer una crónica más o menos apretada. Pero son las leyendas urbanas o, simplemente, las relaciones poco aireadas de ciertas figuras (figurones también) de nuestra fauna literaria y alguna política con las que podríamos pergeñar la crónica más salpimentada y enjundiosa. Así la crónica de la boda de Carlos Bousoño con Ruth, una bellísima alumna americana que se convertiría en su esposa por méritos propios. La de la secreta y milagrosa escritura de La forja de un rebelde, de Arturo Barea.  No menos divertidas son las palabras que dedica a su libelo favorito La fiera literaria. O la peripecia de la muerte de Lorca y la intervención de Ruiz Alonso. La verdadera razón de la pelea en la que Valle-Inclán perdió su brazo. El secreto a voces de Vicente Aleixandre desvelado por V. Molina Foix en su novela El abrecartas... Sorprendente resulta la entrada "Manifestaciones", en la que llega a proponer a Garzón como posible futuro presidente de la República. O el pasaje "Envidiado amigo" en el que nos cuenta que García Montero resulta el hombre más odiado de España después de Garzón. En "Ritos" cuenta los alrededores del Premio Príncipe de Asturias", sacando a la palestra a Sánchez Dragó y su cerrada defensa de Andrés Trapiello, cuya obra Las armas y las letras  pone a la misma altura que Guerra y paz. Y las insuperables quejas o lamentos autolaudatorios de César A. Molina al ser destituido por Zapatero. En "Viejos amigos" expone pormenorizadamente las causas de su alejamiento de Luis A. De Villena...

Hay más, todo el libro está plagado de crónicas vivas e hilarantes de este insuperable urdidor de historias que se apunta a la máxima de Logan Pearsall Smith: "La gente dice que lo importante es vivir, pero yo prefiero leer"; de este fantasioso e infatigable buscador de verdades que casi siempre escribe en colaboración ("La mayor parte de las frases que doy como mías son más o menos ajenas"), de este temeroso e indefenso coleccionista de amaneceres que percibe que "se ha encendido una señal roja. Un tren se acerca a la estación final y no hay manera de escapar del peligro", y es que cuando se cruza esa delicada línea roja de la vida (cuando se cumplen los 60 años) ya no hay vuelta atrás.

JOSÉ LUNA BORGE
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO

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