25 julio, 2014

ASOMBRO Y MARAVILLA

La víspera,
de Rodrigo Olay.
La Isla de Siltolá, 
Sevilla, 2014.

Reseña de JOSÉ LUNA BORGE


En Cerrar los ojos para verte nos deslumbró un poeta que exhibía en su primer libro un portentoso abanico de registros con una muy cuidada intendencia poética. Publica ahora La víspera y seguimos encontrando a ese sabio poeta a quien no le importa exhibir a sus modelos o que el lector los vaya descubriendo. Nos topamos también con sus deslumbrantes ejercicios de virtuoso de minuciosa técnica depurada, o al erudito de múltiples lecturas y saberes y al poeta intimista y personal que nos habla del amor y de la muerte, de la familia o de los alumnos de la facultad. Sería difícil quedarse con una sola de estas voces, todas tienen algo suyo y nos lo recuerdan, pero ¿dónde encontrar su voz más verdadera?


El libro se abre y cierra con dos poemas de idéntico título,"La víspera". Se trata del principio y fin de la vida; la víspera del gozo y de la celebración y la de la muerte y la desolación, con un verso final que recuerda a José Jiménez Lozano. En "Poética" exhibe una concepción de la poesía llevada a los extremos: si un poema no le sirve de consuelo al moribundo, sin ser inoportuno, no es poema, así de tajante; se cierra con el endecasílabo "si pudieran tus versos ser los últimos", verso que le va a servir de título, con una ligera variante (el posesivo se cambia  a primera persona) para el magnífico soneto "Si pudieran mis versos ser los últimos", penúltimo del libro. El soneto se abre y se cierra con idéntico verso: "Si esta noche muriera no lloréis" y está dedicado a Nuria, la misma persona que se esconde en el acróstico de "Dedicatoria" en Cerrar los ojos para verte. Estos guiños son marca de la casa.


Es verdad que Rodrigo Olay sigue a sus modelos y de ellos toma préstamos o, simplemente, los usa como plantilla. Así Jaime Siles en "La Mancha 2010. Fotografía"; Miguel d´Ors en "Acción de gracias" y en algún otro poema como "Barcelona"; Jorge de Sena en "Amorecer" o José Luis Piquero en "La hija del hombre maldito" (poema que en la plaquette en la que adelantara 15 poemas de este libro llevaba el título de "La hija del drogadicto"; el cambio lo hace más piqueriano, si cabe); Blas de Otero y hasta el autor o copista Per Abbat en ese "de los sus ojos tan fuertemente llorando", del soneto "A la corte de Antíoco ha llegado un viajero". Pero es en "La búsqueda" donde el lector atento descubre al modelo, Ángel Gonzalez y el poema con el que éste inicia Sin esperanza, con convencimiento, del que Olay reproduce dos versos completos y parte del verso de arranque. Sin embargo, lo que pretende el poeta no es tanto la imitatio cuanto darle la vuelta al poema del maestro desde el cambio de sus propios presupuestos. Toma el poema de A. G. como pendant para decirle: ahora, maestro, es más necesario luchar por la belleza que defender a los que no tienen voz; el poema se centraría en la búsqueda de la belleza sobre todo lo demás:  "No hay más revolución que la belleza / y quien hace el amor se compromete / del lado de la luz, contra la sombra". Más abajo, concluyendo los versos del maestro, pero usándolos pro domo sua, dice: "Canto lo que perdí, por lo que muero. / ¿De verdad que no es la belleza, ahora, / en este tiempo hostil, propicio al odio, / más necesaria de lo que fue nunca?"

Es importante en este poema el juego de voces más o menos cercanas que, a modo de interlocutores, le reprochan su fría y distante actitud. Creo que a este respecto merece comentario también el poema ya citado "Acción de gracias", ejemplo de esa prodigiosa capacidad lingüística que exhibe Olay en circunstancias especiales. Se trata de un largo poema amoroso, de tono coloquial, con divagaciones y pequeños detalles minuciosamente cuidados. El modelo es inequívoco: Miguel d´Ors. El poeta es consciente de que el tema del amor y el de la felicidad tienen muy corto vuelo poético y que estos poemas son proclives a la falacia y al ternurismo ramplón, lo sabe y juega con ello al modo dorsiano: "Escúchame. Ven. Eso. / Hay tanto que quisiera decirte aquí, que es donde / todo es limpio y hay tiempo... / Pero dudo que fuera a tolerarlo / un poema. Ya sabes: con la felicidad / no cuaja bien la letra y bla bla bla / y la cursilería -o la pathetic fallacy – y la línea inicial de  Ana Karenina / o lo pobres que suenan los versos que se entienden". Con clara referencia al último verso a esa  poesía de línea clara propugnada por Luis Alberto de Cuenca (por no recordar el arranque de la novela de Tolstoi: "Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera").

En este arte divagatorio, de tono coloquial plenamente controlado, encontramos una nota curiosa en la poesía de R. Olay: la autocita o el toque autorreferencial. En un momento dado del discurso poético, el lector atento se percata de que esa parte de la historia que nos cuenta la desarrolla como tema principal en otro poema del mismo libro o del anterior: cuando dice "y que lo cambiaría todo, todo, / por volver hay contigo a Barcelona / siete días de julio del año 2011 /... todo por la noche de Granada". Si vamos al poema "Barcelona" (p. 23), encontramos aquellos inolvidables días como tema. Otra cita geográfica, más abajo, de un viaje a La Manga: "antes de irte a La Manga tres semanas / (como si no volviera a verte nunca)", ese viaje es el tema del poema "La Manga. 2010. Fotografía", una soberbia octava real con vistosos juegos paronomásicos y calambures. Más adelante nos topamos con otra referencia, esta vez a un poema de  su primer libro: "Pero quiero decirte, y que lo sepas / (esto mismo lo puse ya en "Canción de aniversario"), algo / que importa que recuerdes". Esta "Canción de aniversario" es también un largo poema de amor de tono garciamonteriano donde, al final, encontramos el verso que da título al libro. Esta técnica autorreferencial que usa también en los títulos de algunos poemas (ya señalamos que el penúltimo poema del libro "Si pudieran mis versos ser los últimos" no es más que una ligera variante del último verso de "Poética", segundo del libro) es un elemento más de cohesión temática de su poesía, el mundo olayano queda así patente y personalizado.

Junto a magníficos ejercicios de virtuoso (y no hay nada más que mirar el muestrario de sonetos en  sus modalidades, la exhibición de imágenes o el poema en bable, con su versión castellana, titulado "R.V.", dedicado a su padre) hay, también, en Rodrigo Olay un potente poeta erudito que acierta a transformar sus lecturas en poemas celebratorios. Encontramos en este registro, entre otros, dos poemas que por sí solos bastarían para mostrar a los alumnos de una clase de literatura española cómo se usa la tradición en las distintas épocas y cómo se convierte en espléndida poesía. Uno de esos poemas es "Diffuger nives" donde un alumno cuenta como "aquel viejo maestro solitario" (se refiere al erudito poeta clásico Alfred Edward Housman) en vez de darles la clase que tocaba aquel día -un comentario del Astronomicón de Manilio- prefiere leerles "unos pocos versos / escritos en el siglo primero antes de Cristo". Se trata de la Oda VII, del libro IV de Horacio, y aquí aprovecha el poeta para ofrecernos su versión: "El manto que cubría los hombros del invierno / se ha ido deshaciendo y las nieves de antaño / son de pronto un camino rumoroso / de aguas puras corrientes...". Importa mucho la estructura del poema, cómo lo va armando con base en las voces principales para ofrecernos su versión de un texto clásico latino en la voz de un reconocido poeta inglés."Voyage autour de ma chambre" es, a este respecto, más erudito, si cabe. El poema todo es un comentario a la versión que da Feijóo, en su Teatro crítico universal, de un verso del libro primero de la Eneida: "Ex templo Aenea  solvuntur frigore membra: / ingemit". En un sabio repaso de la traducción al castellano de la Eneida, nos va ofreciendo las diferentes versiones que los especialistas y poetas han dado a ese verso.

Pero al lado de estos poemas eruditos y al de ejercicios de virtuoso encontramos al poeta intimista y personal que canta a la familia y al amor sin olvidarse de la amistad y de la muerte. "José" es un estupendo poema dedicado al abuelo, que logra evocar con candor y temblor los primeros días de verano de la niñez en cómplice amistad con hermanos y amigos. "Historia de amor" es un poema-sorpresa pues el lector no sabe que está hablándonos de su madre hasta que no llega al último verso. "1965" es un soneto construido por acumulación de términos sueltos, sin trabazón alguna, rotos y sin signos de puntuación, como si fueran lemas de un tiempo pasado en una aldea lejana en los tiempos en que su padre era niño. "Oficio de tinieblas" y "R.V." (del que hablamos arriba como ejercicio de virtuosismo) son dos magníficos poemas dedicados a la muerte de seres queridos: el primero pivotando en la repetición anafórica del adverbio exclamativo "cómo"; el segundo es un espléndido poema del recuerdo y de la ausencia en el bable tierno de la infancia.

Todas estas voces, toda esta riqueza lingüística es la de un joven poeta dotado como pocos para su oficio. Es previsible que, por su curso natural, sabrá adaptar toda esa riqueza a una plantilla propia, a su medida, y usar ese virtuosismo y erudición para profundizar en esa veta personal que queda un poco perdida entre tanto asombro y maravilla.

JOSÉ LUNA BORGE.
Reseña exclusiva para LA RONDA DEL LIBRO



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