27 febrero, 2015

ELOGIO DEL POETA JOVEN

Fuego cruzado.

Xaime Martínez
Ediciones Hiperión, 
Madrid, 2014.

Reseña de Mª Antonia Collado Luengo. 


Este libro, ganador de un prestigioso certamen de "poesía joven", parece de verdad escrito por un poeta joven. En poesía, ya se sabe, la edad de los autores y la que aparentan sus textos no siempre van a la par. Los libros más atormentados, más abrumados de experiencias sombrías, más desengañados, son los escritos por menores de veinticinco años. En los poetas de la posguerra, pongamos, esa amargura precoz era comprensible. Quizá se entiende menos en los que iniciaron su andadura en los despreocupados años ochenta; a no ser, claro, que la frecuentación de bares y discotecas y las posteriores resacas tengan algo que ver. 

Xaime Martínez nació cuando la mayoría de esos poetas habían publicado ya sus libros más significativos. Pertenece, por tanto, a una época menos dada a la autocelebración, y en la que el adjetivo "joven" aplicado a un escritor significa simplemente que el aludido disfruta de la envidiable destreza técnica aparejada a la juventud y de una cierta disposición a traslucir influencias. En Xaime Martínez se aprecian ambos rasgos: tiene buen oído, maneja con soltura los recursos del lenguaje –véase esta paronomasia: "Tiré si tuve tiro y tirité / si amor me quiso títere en su juego"– y ha elegido bien sus maestros: Víctor Botas o Luis Alberto de Cuenca, por citar sólo dos. Del primero le viene la habilidad para servirse irónicamente de la tradición; del otro, su uso lúdico de las mitologías contemporáneas (el cómic, el cine, la ciencia-ficción). 

No es que el desengaño esté del todo ausente de este libro: en "Predicciones", por ejemplo, se lamenta la inevitable pérdida de la juventud, aunque sin prescindir del todo de la ironía: "va a pasarlas canutas el olvido", dice el poeta, con el tono de desafío de quien nos reta a que le quitemos lo bailao. 

Esta ironía se acentúa en el sabio empleo que el joven poeta hace de los recursos de sus predecesores. Véase este epígrafe de poema, que recuerda los largos enunciados de los que se vale José María Álvarez para titular los suyos: "Bob Dylan predice, en 1962, un día no tan lejano en el festival de folk de Newport"; y que da pie a un breve madrigal amoroso en el que difícilmente encontraremos, salvo por vía de contraste irónico, la justificación de semejante título. Lo que no significa que en ese y otros poemas falte la emoción genuina, que aflorará también en algunos de los rotundos epigramas que salpican la segunda parte del libro, alguno de ellos claramente inspirado en los de Botas, como el titulado "Petronio", o “El camino”, un memorable poema de sabor arábigo-andaluz que hubiera merecido figurar en Las crónicas de Al-Ándalus de Fernando Quiñones.

Y ya que hablo del llorado poeta gaditano: con su proverbial generosidad hacia los talentos emergentes, habría aplaudido este libro. Yo no hago sino seguir su sabio ejemplo. 


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