27 marzo, 2015

LA TRASTIENDA DEL MAGO



Felipe Benítez Reyes, la literatura como caleidoscopio.
José Jurado Morales (ed.), 
Madrid, Visor, 2014

Reseña de Ángel Mendoza

“A los veintipocos años ya era un maestro considerado como tal por los mayores y admirado por los más jóvenes”, así empieza el escritor Juan Bonilla su aportación a Felipe Benítez Reyes, la literatura como caleidoscopio, volumen recopilatorio sobre la obra del poeta de Rota; necesario y oportuno estudio debido, en buena parte, al trabajo meticuloso de José Jurado Morales, profesor de la Universidad de Cádiz e impulsor de una cada vez más reconocida labor investigadora en torno a la literatura contemporánea. He dicho "poeta" como podría haber tecleado cualquier otro atributo del oficio de escribir para referirme a un autor a quien, no en vano, otro grande de su quinta, Carlos Marzal, llama en estas páginas “polígamo literario”, pues Benítez Reyes es, además, cuentista de éxito, solvente novelista y firmante de un vasto tesoro de pequeñas producciones que alguna vez Ha arracimado en obras como Gente del siglo o la más reciente Política y polichinela.  No es Marzal el único compañero de generación, y de viaje, que desfila por aquí, sino que también le rinden admiración Álvaro Salvador o Luis García Montero, y poetas más jóvenes como Andrés Neuman o Luis Bagué. 

Junto a ellos se dan cita colaboraciones de corte más académico entre las que caben destacar la de Inmaculada Moreno, sobre la noche en la poesía primera del autor de Los vanos mundos, y la de Marina Bianchi titulada “La trayectoria de Felipe Benítez Reyes: entre la experiencia, la elegía y algo más”. De su producción en prosa se ocupan, entre otros, la prestigiosa profesora Ana Sofía Pérez Bustamante y el propio hacedor de este título, José Jurado Morales. Pero siendo valiosas, rigurosas y enriquecedoras todas estas calas en la obra del gaditano, lo más interesante está al principio y lo dice el propio homenajeado en tres ensayos escritos entre finales de los ochenta y mediados de la década pasada que funcionan a modo de poética o mapa para todo aquel que quiera internarse en la trastienda de este mago, mundo éste no ajeno a su imaginario metafórico. Sobre la consideración del poema como artefacto misterioso deja pistas muy claras; aunque, eso sí, alejándose de la idea arrebatada y esotérica –caricaturescamente romántica- de la construcción de ese artefacto. “El efecto mágico es producto de la aplicación de un conocimiento técnico, no de un albur inexplicable, aunque la efectividad de la magia consista en presentarlo como tal albur inexplicable, como una dislocación asombrosa de la realidad”, leemos, por ejemplo. Crea su propia terminología, su propio equipaje analítico: “instinto estético”, “invisibilidad retórica” o “voluntad indagatoria” y da, desde la teoría, una lección no menos valiosa que la que lleva más de treinta años dando en la práctica. 

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