15 septiembre, 2017

BELLEZA Y VERDAD


El vaho de Dios (Poemas venezianos).
José María Álvarez.
Edición de Alfredo Rodríguez.
Renacimiento. Colección Antologías. Sevilla, 2017.
121 pp.

Desde que la crítica empezó a aplicar el apelativo de "venecianos" a cierto grupo muy definido de poetas, y en especial a algunos de los más significados entre los que se dieron a conocer en la histórica antología Nueve novísimos poetas españoles (1970), el lector informado ha podido percibir en esa denominación un cierto tono de soterrada caricatura. Cabía desconfiar, en efecto, del hecho de que, de pronto, sin apenas antecedentes que lo explicaran, un grupo de poetas abocados al éxito coincidieran en compartir un referente estético tan concreto. Visto el fenómeno con la debida perspectiva, sin embargo, no es difícil encontrarle un cierto engarce con otros acontecimientos culturales del momento. Apenas un año después de la publicación de la citada antología, por ejemplo, tenía lugar el estreno de la película Muerte en Venecia de Luchino Visconti, que elevaría el "venecianismo" estético a la condición de fenómeno cultural de alcance europeo. Y varios lustros antes de la publicación de Nueve novísimos, el pintor Ramón Gaya dejaría, en su Diario de un pintor, que permanecería inédito hasta 1984, las más ardiente declaración de amor a la ciudad adriática que quepa encontrar en la literatura española.  Algo había en el ambiente, desde luego: quizá un deseo, por parte de los creadores europeos más conscientes, de abrazar referentes estéticos que implicaran una emancipación de las preocupaciones existenciales y sociales que habían dominado el panorama cultural en las décadas precedentes; y de hacerlo sin caer, por contraste, en la asumida banalidad de la cultura popular del momento, por más que uno de los rasgos más característicos del grupo "novísimo" fuera combinar, con cierto descaro, los referentes más prestigiosos y rebuscados con alusiones desenfadadas a la cultura pop. El fenómeno se ha repetido otras veces, con distintos matices: en los ochenta, el cosmopolitismo urbanita y lúdico de la cultura post-punk se tradujo, en el ámbito de la poesía española, en toda una eclosión de referentes y ambientes urbanos por los que pasear una especie de cínico desengaño, fruto de la crisis generalizada de las ideologías que habían dominado el pensamiento europeo en las décadas precedentes. En los noventa, igualmente, la proyección internacional que alcanzó Portugal después de su integración en la UE derivó en una verdadera moda "portuguesista" que se extendió a la música o al cine y también se reflejó abundantemente en la poesía española.

La selección de "poemas venezianos" (sic) que acaba de publicar José María Álvarez (Cartagena, 1942) en edición a cargo de Alfredo Rodríguez podía situarse muy bien en el contexto descrito y pasar, quizá, por fruto de esa coyuntura. Ello no implica necesariamente prejuzgar el valor de estos poemas. Por el contrario, llama la atención que la selección que los reúne apenas ocupe un centenar de páginas, cuando la impresión que puede tener el lector de José María Álvarez es que ningún otro poeta ha cultivado el asunto veneciano con más asiduidad y entusiasmo. La verdad es que el cosmopolitismo -o "alejandrinismo", como también se ha dicho- del poeta de Cartagena incluye otros escenarios y otros ámbitos referenciales, por lo que cabría afirmar que, igual que se ha podido extraer de la totalidad de su obra una selección de poco más de cien páginas dedicada a su vertiente "veneciana", cabría hacer lo propio con los poemas con referencia parisina, por ejemplo, o anglosajona. La variedad y extensión de la poesía de Álvarez justificaría sobradamente esos otros abordajes. Sin embargo, la identificación primaria de esta poesía con lo veneciano tiene una justificación: Álvarez ha vivido en Venecia -fue beneficiario, como él mismo se ha encargado de contar, de un llamativo caso de mecenazgo privado- y ha extraído de esa experiencia, sin duda enriquecedora, un sustrato biográfico y una actitud vital que casaban bien con los fundamentos en los que se basa su trayectoria poética desde que abandonó su inicial inclinación hacia la poesía social y se embarcó en el magno proyecto que denominó Museo de cera, cuya primera edición data de 1974. 

Museo de cera deslumbró y desconcertó a partes iguales; no tanto por que los poemas aparecieran envueltos en un intrincado palimpsesto de citas y alusiones culturales, o por la posición de lejanía intemporal, e incluso "antimoderna", que asumían las voces que interpelaban desde ellos al lector, como por la maestría con la que el autor incorporaba los hallazgos expresivos, e incluso tipográficos, de la tradición vanguardista a una textura discursiva, e incluso coloquial, que todavía no era habitual en la poesía española, y que aunaba desgarro e ironía, calculados e impostados desplantes con atinados juicios de valor, distanciamiento y entusiasmos. La selección "veneciana" de Alfredo Rodríguez recoge bien esta riqueza de la poesía de Álvarez. Las dos secciones del largo poema "Tosigo ardente", por ejemplo, que cierran el volumen, trazan dos momentos de un largo monólogo en el que una voz en la que reconocemos sin dificultad las obsesiones recurrentes de su autor reflexiona en voz alta sobre el sentido de su vida e incluso considera, al recordar una velada en la veneciana Piazza San Marco, la posibilidad de un lento e indoloro suicidio ante tan incomparable escenario. Los dos cantos del poema citado constituyen un buen epítome de la poesía de Álvarez y del valor funcional que ciertos escenarios -Venecia, en este caso- juegan en su mundo estético y moral. Como Eliot en La tierra baldía, Álvarez va reuniendo en su poema fragmentos y relatos aparentemente inconexos: Shakespeare, Stendhal, Rimbaud, un sangriento suceso acaecido en los Estados Unidos ("Y quizá de todos / los que allí comían, puede que solamente el asesino / guardara en su corazón algo de vida, / quizá era el único / con quien podrías sentarte / a beber"), etcétera. Todos ellos entretejen una matizada conciencia, por parte del poeta, de estar asistiendo al final de una civilización, destruida por una envilecida clase dirigente y por el conformismo de una población tan sumisa como embrutecida por los señuelos del consumo y los mass media.

Tal es el sentido de la Venecia -o "Venezia"- de José María Álvarez: una pertinaz supervivencia del pasado, testimonio de todo aquello que el poeta cuenta entre los grandes logros de la humanidad, y a la vez irremisiblemente condenada a la destrucción en una época no sólo insensible a la valía de esos logros, sino que conspira activamente para anularlos. Lo expresa el poeta sin ambages en el curioso poema en el que agradece a su mecenas su hospitalidad en un palacio parcialmente en ruinas: "Las bombas de una guerra / sin honor, destruyeron / la suprema belleza de aquella arquitectura, / y ya fortuna alguna bastaría / ni de bastar encontraríanse artesanos / capaces de repetir aquel milagro". 

Los mejores momentos de la poesía de Álvarez, sin embargo, son aquellos en los que el lujoso marco pierde importancia para otorgar momentáneo protagonismo a otras constantes del vivir humano. Ocurre, por ejemplo, en "Niños jugando en el campo de San Zan Degolà": el marco desaparece ante el espectáculo de vitalidad, de juventud fuera del tiempo, que ofrecen al poeta unos niños que juegan en una plazuela: "Agradéceles sus risas. Deja que te llenen, y ofréndales / un instante tuyo de alegría. / Aunque no sea más que en nombre / de cuando tú sentiste así. / Déjate ser feliz".

Todo esto cabe en la "Venezia" de José María Álvarez. Excesivo, vehemente, pero siempre capaz de transmitir convicción, José María Álvarez ha sabido convertir lo que fue un mero decorado prestigioso para una moda literaria fugaz en un mundo propio, desgarrado e intenso. Y lo ha hecho sin cerrar del todo los ojos a las realidades contemporáneas ni renunciar al carácter indagatorio, tentativo y arriesgado, que debe caracterizar el lenguaje poético. Asumir todos esos riesgos tiene un precio: algún que otro poema de esta selección puede leerse como una autoparodia -y quizá lo sea, porque tampoco el humor está excluido de la variedad tonal que rige esta poesía-. Pero el conjunto transporta al lector a ese ámbito de belleza y verdad desde el que la poesía interroga y cuestiona a la realidad. No todos los poetas llegan tan lejos.  


JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Reseña exclusiva en La Ronda del Libro

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